09.01.2018

El corazón delator

  José María Arroyo Oliveros

Nuestro testigo de la conciencia

Con esta obra comenzaría su etapa de director Jules Dassin. Como ya comentamos al comienzo de nuestro monográfico, su llegada a la MGM pasaba por un periodo de formación inicial en el departamento de cortometrajes de esta productora. Este corto no habría pasado de ser una meritoria obra de un “becario” de no ser por tres características que le convierten en un film con entidad propia. La primera de ellas era el indiscutible talento de su director y, sobre todo, la perfecta utilización de los recursos teatrales, de los que era un profundo conocedor. La segunda viene dada por una serie de beneficiosos malentendidos que le permitieron contar con más medios técnicos, materiales y humanos de los que podía aspirar un novato. Dichos equívocos ya los he comentado en páginas anteriores, pero para refrescarles la memoria les diré que tienes más posibilidades de triunfar en una empresa si la gente se piensa que eres el hijo del jefe. La tercera característica, y probablemente fundamental, es la habilidad de Dassin para esquivar la dificultad de un relato en forma de monólogo, consiguiendo que la acción se impusiese al diálogo. A todo esto se añadía la “traición” argumental, totalmente justificada, de la obra de Edgar Allan Poe. 

Como recordarán, los que la hayan leído, El corazón delator se centra en la confesión de un delito, a unos imaginarios interlocutores, por parte de un pobre perturbado al que su locura, unida al remordimiento, le llevan a sufrir el tormento de sentir el latido del corazón del hombre al que ha descuartizado y ocultado en el suelo de su cuarto. Cuando se publicó el relato, la crítica literaria atribuyó distintas interpretaciones a dicho crimen, desde el acto de matar al padre como símbolo de rebeldía, hasta el miedo al ojo de la justicia, representado en el ojo velado del anciano. Dassin lo aborda de una manera como nunca se lo habría planteado el escritor: La rebelión del oprimido frente al opresor. La locura aquí es un efecto colateral provocado por su situación de víctima.

Cuando nos enfrentamos a una obra sobradamente interpretada o adaptada, el auténtico mérito es tener la capacidad de desviarse del camino trillado por la mayoría y abrir una nueva interpretación, con independencia de si ésa era la voluntad del escritor. El único requisito es que esa traición no suponga un insulto o un desprecio de la obra original. No es el caso. Tengo más dudas al respecto cuando se trata de una primera adaptación, pero de esto hablaremos más adelante, cuando lleguemos a su película El que debe morir. (...)

Creditos

Director: Jules Dassin

Producción: Metro-Goldwyn-Mayer

Guion: Doane Hoag (Relato Edgar A. Poe)

Fotografía: Paul Vogel

Música: Sol Krandel

Dir. Artístico: Richard Duce

Montaje: Adrienne Fazan

Intérpretes: Joseph Schildkraut, Roman Bohnen, Will Wright, Oscar O’Shea

Duración: 19 minutos

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