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Director. Pablo Larraín
Intérpretes. Alfredo Castro, Antonia Zegers, Roberto Farías, Jaime Vadell, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Marcelo Alonso, José Soza, Francisco Reyes.
98 minutos

Castellano



SEPARAR LA LUZ DE LAS TINIEBLAS

La película se abre con una cita de la Biblia (Génesis 1,4): “Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de las tinieblas”. Y seguramente ése sea el tema central de esta dura película: la dificultad, o imposibilidad, de separar la luz de las tinieblas… La acción ocurre en un pequeño y alejado pueblo costero de Chile. Cuatro hombres viven en una casa aislada junto al mar. Son cuatro sacerdotes que han sido apartados de su ministerio: el Padre Vidal (Alfredo Castro), el Padre Silva (Jaime Vadell), el Padre Ortega (Alejandro Goic) y el Padre Ramírez (Alejandro Sieveking). Una mujer, la Hermana Mónica (Antonia Zegers), les cuida y se ocupa de las tareas domésticas. Parece una casa de reposo o un lugar de retiro. La principal actividad es el entrenamiento de Rayo, un galgo de carreras. Aparte de eso, comen, rezan y tienen su tiempo libre. Un día, llega un nuevo residente, el Padre Matías Lazcano (José Soza), al que explican su régimen de vida. Pero no dura mucho. Alguien le ha seguido. Desde fuera de la casa, un hombre herido y destruido, “Sandokán” (Roberto Farías), vocifera una espantosa y desgarrada perorata, que parece demencial, pero relata de manera explícita una verdad horrenda: los abusos sexuales que el hombre sufrió, siendo niño, a manos del sacerdote… Después de un violento suceso, la jerarquía eclesiástica envía a la casa al Padre García (Marcelo Alonso), una especie de “Sr. Lobo” diocesano, como “director espiritual”, con la misión de descubrir qué ha ocurrido, y de determinar si los curas recluidos están haciendo penitencia o se lo han tomado como una colonia de vacaciones.

Vamos comprendiendo que los sacerdotes de la casa han sido retirados y escondidos (encubiertos) por la Iglesia, después de haber cometido graves “pecados” (y delitos). En unos casos, es la pederastia, el abuso sexual de niños indefensos; en otro, la colaboración con los crímenes de la dictadura. Incluso la Hermana Mónica, la cuidadora y organizadora del lugar, tiene un oscuro secreto en su pasado, y en cierto modo es también una prisionera (o penitente). Los “residentes” (miembros del “club”) se han adaptado, cada uno a su manera, al confinamiento. Uno, a través de la demencia; otro, cultivando la ira y el resentimiento (“es una casa de mierda… una cárcel de mierda”); otro, volcándose en el cuidado del perro… En ningún caso existe verdadero arrepentimiento, ni penitencia, ni dolor de los pecados, sino refugio en un statu quo privilegiado que defenderán ante cualquier intromisión externa, venga de Sandokán o del Padre García. Ante la posibilidad de que la Iglesia cierre la casa, la modosa Hermana Mónica (impresionante Antonia Zegers) amenaza fríamente con ir a la televisión y denunciar públicamente el encubrimiento. (...)


AMPLIAR (Revista nº23)


Roberto González Miguel

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