21.02.2018

Después de la tormenta

  José María Arroyo Oliveros

Nosotros, los de entonces…

Hirokazu Koreeda es un viejo amigo de este cineclub, que acude cada año a mostrarnos sus reflexiones sobre la familia, como un pedazo de realidad autosuficiente que nos permita explicar el Japón actual y el mundo en general. Ser monotemático no es ni bueno ni malo, Ken Loach, los hermanos Dardenne  o Woody Allen lo son, y por eso mismo nos sentimos más cómodos buceando en sus particulares universos y  tomándolos como propios. En esto, como en todo, el talento es lo que  dignifica al autor, no el género cinematográfico que frecuenten. Koreeda ha tenido siempre detrás de él la alargada sombra de Yasujiro Ozu, sobre todo a raíz de su primer largometraje, Maboroshi. Después de Ozu y antes que Koreeda, otros muchos directores abordaron los conflictos sociales y humanos en un contexto familiar -un género cinematográfico típicamente japonés que se dio en llamar shomin-geki- pero ninguno como Koreeda nos evoca con tanta brillantez lo mejor del gran maestro. Es evidente que han pasado muchas décadas entre el cine de un director y otro, y que la globalización actual nos ha ido asemejando a todos los pueblos, pero la búsqueda de la belleza a partir de la más rutinaria cotidianeidad es algo que tienen en común. El escritor Alejo Carpentier, en una entrevista concedida a una reportera, ante la insistencia de ésta que le preguntaba por qué su literatura era siempre tan barroca y su temática tan identificable, y si no se había planteado un cambio en su forma de novelar, el escritor la miró y le dijo: “¿Señorita, y a usted quien carajo le ha dicho que yo puedo escribir de lo que quiera?”  Algo parecido a esto le debió ocurrir a Koreeda cuando, durante su visita al Festival de San Sebastián, le preguntaron si no había un riesgo de encasillamiento temático. Él, recordando a Ozu, respondió: “Mi caso no es tan extremo como el de Ozu. Él decía que lo que tenía era una tienda de tofu, y que eso era lo único que sabía cocinar. En mi caso, creo que también tengo una tienda de tofu, pero a veces hago cocina francesa. O bueno, eso es decir demasiado. Dejémoslo en que también puedo hacer tempura.”.

Ryota, que iba camino de convertirse en una joven promesa de la literatura, ve como años después  todo aquello se lo ha llevado la vida. Al bloqueo creativo se le une el divorcio y la pérdida de la custodia de su hijo de once años. Parece como si un tifón, uno de los muchos que amenazan Japón al acabar el verano, le hubiese dejado sin familia, sin apenas dinero y sin sueños. Para mantenerse trabaja a tiempo parcial de detective privado, a él le gusta decir que es una forma muy interesante de documentarse para su próxima novela. Si el dinero que le reporta no es suficiente, se encarga de obtener algún sobresueldo vulnerando todas las normas de la ética profesional y chantajeando a infelices adolescentes. El tiempo que le sobra lo dedica a vigilar a su esposa, de la que no quiere admitir que está divorciado. Visita a su madre con frecuencia, sobre todo desde el fallecimiento de su padre con el que no se llevaba bien. En esas visitas hay un Ryota adulto, que quiere confortar a su madre en la vejez, y un Ryota inmaduro, necesitado de apoyo, sobre todo económico, para poder hacer frente a sus muchas deudas. Todas esas deudas y esa incapacidad de ahorrar le vienen de la única herencia que tiene conocimiento de haber recibido de su padre: una ludopatía que lo arrastra a apostar lo poco que gana en las carreras o en cualquier juego de azar. Ama a su hijo más que a nada en el mundo, pero no consigue pagar casi nunca la pensión alimenticia y esto le sume en una desesperación que, para mitigarla,  lo termina abocando de nuevo a gastarse lo poco que le queda en cualquier apuesta que le salga al paso.

Ryota es esclavo de su pasado, de lo que fue y de lo que habría podido ser.  Su madre, recordando a su marido y al propio Ryota, explica que a los hombres la vida les hace pintar acuarelas y a las mujeres les enseña a pintar al óleo. La diferencia es que cuando pintas al óleo puedes cubrir completamente con una nueva capa de pintura la pintura antigua y empezar de nuevo. La obstinada obsesión de Ryota por regresar al pasado le impide llegar a ser lo que quiere ser, o por lo menos descubrirlo. (...)

Creditos

Director: Hirokazu Koreeda

Producción: Aoi Promotion

Guion: Hirokazu Koreeda

Fotografía: Yutaka Yamazaki

Música: Hanaregumi

Montaje: Hirokazu Koreeda

Sonido: Yutaka Tsurumaki

Intérpretes: Hiroshi Abe, Kirin Kiki, Yôko Maki, Lily Franky, Isao Hashizume, Sôsuke Ikematsu, Satomi Kobayashi, Taiyô Yoshizawa

Duración: 117 minutos

Idioma: Japonés

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